10 de agosto de 2026
Sol del Este RD
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OPINIONES

Washington: el jugador que siempre pierde

Por: Lic. Luis Ma. Ruiz Pou

Desde la terminación de la Segunda Guerra Mundial, Washington se ha creído buen jugador. Lideró el acuerdo para la capitulación de Japón y Alemania, donde las potencias triunfadoras se repartieron los activos de los derrotados y, además, impuso el dólar como moneda de circulación mundial. Para Estados Unidos, todas las guerras son un juego de “Nintendo”. Trump llegó a afirmar que su ejército es el mejor jugador del mundo.

Pero los hechos han demostrado lo contrario: ha sido un gran perdedor en casi todos los escenarios bélicos donde ha participado. Washington tiene la costumbre de ir al terreno de su opositor sin conocer la mesa donde se desarrollará la jugada. De ahí que, como tramposo en el juego de la guerra, intente siempre jugar con cartas marcadas. El resultado es un largo historial de guerras equivocadas, con objetivos equivocados.

 

El historial de derrotas

Veamos la lista de jugadores que Estados Unidos eligió creyendo que eran débiles: en Corea empató; en Vietnam sufrió una derrota clara; en Irak (2003) y en la “guerra eterna” de Afganistán, el fracaso fue evidente. La guerra de Kosovo en 1999 difícilmente puede llamarse triunfo, pues Serbia obtuvo mejores condiciones al final que las que se le habían ofrecido antes de los combates (Foreign Policy, Stephen M. Walt, 5 de agosto de 2026). Solo la Guerra del Golfo de 1991 puede contarse como victoria.

 

La política de cartas marcadas

Por falta de estrategia en el juego de la haute politique, Washington, ambicioso y arrogante, intenta rehacer el mundo a imagen y semejanza de su sociedad. Sin embargo, los oponentes suelen estar más resueltos a pelear, porque tienen mucho más en juego y más estrategias políticas.

 

El tablero frente a Irán

En el juego contra Irán, Washington buscó refuerzo con Israel, pero hasta ahora no ha logrado vencer a un oponente con más experiencia y capacidad de aguante. Los iraníes han resistido todos los “bluffs” que Trump puso sobre la mesa para forzar su retirada. Al contrario, enviaron un reto que dejó a Trump pasmado: no sabe qué hacer frente a un adversario que ya había reconocido como fuerte y capaz de pelear el juego de la guerra.

Trump lucha por sobrevivir o al menos preservar el orgullo MAGA, aunque no logre el objetivo trazado que lo llevó a promover la guerra contra Irán. Washington esperaba que los opositores se retiraran de la mesa, confiado en su póker de ases, pero los contrarios mostraron un juego mayor: una “Royal a la K”.

La mayoría de las jugadas de Trump fueron asimétricas. Por eso, el bando aparentemente más débil gana, no por victoria absoluta, sino porque espera a que el poder más fuerte descubra que no todo lo que posee le garantiza ganar la partida. Finalmente, Trump se dio cuenta de que se estaba quedando sin fondos para seguir apostando. Pidió un “time” y se levantó de la mesa para meditar por qué no ha podido vencer.

 

El repliegue hacia Ormuz

En medio de su desconcierto, Trump ha terminado por conformarse con la mera apertura del Estrecho de Ormuz. Ya no habla de victoria total ni de doblegar a Irán, sino de lograr al menos que la arteria energética vuelva a funcionar. Es un gesto de supervivencia política: obtener algo para no perderlo todo. La reapertura parcial del estrecho se convierte en su única carta de triunfo, un movimiento defensivo que revela la fragilidad de su estrategia y la desesperación de un jugador que, al borde de la quiebra, se aferra a la mínima ganancia para salvar la apariencia de poder.

La historia demuestra que Washington, creyéndose buen jugador, ha terminado siendo el gran perdedor. En el tablero frente a Irán, la arrogancia de jugar con cartas marcadas se ha topado con un adversario que no se rinde y que sabe esperar. El riesgo no es solo perder una partida: es que el imperio se quede sin fichas en la mesa global. Y cuando el jugador principal se queda sin fondos, lo que se tambalea no es un país, sino el orden mundial entero.

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