Lic. Luis Ma.Ruiz Pou
El Premio Nobel de la Paz nace del testamento de Alfred Nobel, quien dispuso que su fortuna se destinara a reconocer a personas que trabajaran por la fraternidad entre las naciones, la reducción de los ejércitos permanentes y la promoción de iniciativas orientadas al fomento de la paz. En 1895, en París, Nobel firmó el documento que daría origen a los premios anuales que hoy llevan su nombre.
A lo largo de más de un siglo, este galardón ha distinguido a figuras cuya trayectoria ha contribuido de manera significativa a la paz mundial. La ceremonia de entrega se celebra en Oslo, Noruega, y está a cargo del Comité Nobel Noruego, designado por el Parlamento de ese país.
El primer Premio Nobel de la Paz, otorgado en 1901, se concedió de manera conjunta a Henry Dunant —fundador del Comité Internacional de la Cruz Roja e impulsor de las Convenciones de Ginebra— y a Frédéric Passy, economista y político francés, uno de los principales líderes del movimiento pacifista europeo del siglo XIX y defensor del arbitraje internacional como vía para resolver disputas entre Estados.
En 2025, el Comité Nobel Noruego otorgó el Premio Nobel de la Paz a María Corina Machado “por su incansable trabajo promoviendo los derechos democráticos para el pueblo de Venezuela y por su lucha por lograr una transición justa y pacífica de la dictadura a la democracia”. Su trayectoria ha estado marcada por la defensa de elecciones libres, derechos políticos, instituciones representativas y libertades fundamentales.
Este reconocimiento, anunciado el 10 de octubre de 2025 y entregado el 10 de diciembre en Oslo, subraya que la paz no se limita a la ausencia de guerra: también implica democracia, justicia y respeto a los derechos humanos, condiciones consideradas esenciales para una paz duradera.
En contraste, el presidente Donald Trump expresó en diversas ocasiones que merecía el Nobel de la Paz, alegando haber puesto fin a varios conflictos armados y haber salvado millones de vidas. Sin embargo, el Comité Nobel selecciona a sus galardonados conforme a criterios propios, no en función de campañas de auto‑promoción. Diversos analistas y observadores señalaron que sus afirmaciones sobre “terminar guerras” no estaban claramente respaldadas por resultados sostenibles o verificables.
A lo largo de su mandato, Trump también realizó declaraciones sobre territorios y países —como Panamá, Canadá, Groenlandia o México— que generaron controversia y fueron interpretadas por críticos como expresiones de ambiciones geopolíticas o presiones impropias sobre Estados soberanos, sin embargo, por orecausión, Méjico envio tropas para blndar todas sus fornteras.
En el caso de Venezuela, distintas narrativas políticas han atribuido a su administración intenciones de intervención vinculadas a intereses estratégicos, aunque estas afirmaciones forman parte del debate político y no de conclusiones verificadas por organismos independientes. Tambien amenza con invadir a Cuba.
Hoy, con su guerra junto a Israel, mantinen al mundo en vilo; han creado una crisis que no se sabe cómo salir y cuando terminarás; y que el Nobel de la Paz no es un trofeo para quien proclama grandeza, sino un reconocimiento reservado a quienes siembran paz aun en medio de la adversidad. Y frente a ese estándar —claro, exigente, innegociable— la pregunta queda suspendida como un juicio moral que nadie puede eludir: ¿puede aspirar a ese honor quien es señalado por alimentar tensiones, presionar a naciones soberanas o promover agendas que profundizan los mismos conflictos que dice querer resolver?

