Por Luis Ma. Ruíz Pou
Los imperios, frente a los países débiles que no acatan sus directrices, recurren a las sanciones o bloqueos con el propósito de asfixiar económicamente a sus gobiernos. Esto implica impedir la importación de renglones básicos para la vida cotidiana. La estrategia es transparente: deteriorar las condiciones de vida para que los ciudadanos se subleven contra sus gobernantes y los obliguen a abandonar el poder. Así, las potencias evitan el costo político y militar de una intervención directa. Hoy, los imperios ya no dan golpes de Estado; ejecutan golpes económicos.
Las sanciones limitan la capacidad del Estado para garantizar servicios esenciales como educación, salud, comunicación, vivienda y empleo. Cuando los ciudadanos no pueden satisfacer sus necesidades básicas, comienzan a languidecer, a enfermar y a morir por causas que serían perfectamente evitables en condiciones normales. Si el genocidio se define como actos cometidos con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo humano, cabe preguntarse: ¿puede un bloqueo, por sus efectos, acercarse a esa frontera moral?
¿Por qué los gobiernos que no obedecen las órdenes de las potencias deben someterse a decisiones tomadas por congresos cuyos miembros no forman parte de los países sancionados? Las sanciones no afectan a quienes las imponen; perjudican a pueblos enteros que no son ciudadanos de esos imperios y que no tienen voz en esas decisiones.
No es un genocidio lo que formalmente buscan las potencias cuando imponen un bloqueo; pero las consecuencias materiales del impedimento de acceder a alimentos, medicinas y bienes esenciales provocan la muerte de miles de civiles, como ocurre en una guerra no declarada. La diferencia es solo semántica: en una guerra abierta, las bombas matan rápido; en una guerra económica, la muerte llega por inanición, por falta de insulina, por la ausencia de un repuesto para un equipo de diálisis.
El resultado humano es el mismo: vidas truncadas por decisiones tomadas lejos del territorio castigado, por actores que jamás asumirán el costo de esas muertes. Cuando un pueblo entero es sometido a condiciones que deterioran su salud, su dignidad y su supervivencia, la frontera entre “presión diplomática” y violencia masiva se vuelve moralmente insostenible.
Los bloqueos —económicos, comerciales, financieros o diplomáticos— han sido utilizados por distintos países y organismos internacionales para presionar o castigar a gobiernos. Sus resultados, sin embargo, han sido variados y a menudo contradictorios. En algunos casos, han empujado a gobiernos a negociar o aceptar cambios puntuales. En muchos otros, el mayor daño lo sufre la población civil, no las élites gobernantes.
Y en no pocos casos, las sanciones han fracasado en su objetivo político: -Corea del Norte: el régimen se ha mantenido e incluso fortalecido militarmente. -Cuba: el bloqueo ha sido un eje central del discurso político durante décadas. -Irán: desarrollo de una “economía de resistencia”.
Venezuela: agravamiento de la crisis económica y social sin cambio de gobierno.- Irak: fuerte impacto en salud infantil y nutrición, ampliamente documentado por organismos internacionales.
Estos efectos han generado críticas severas desde organizaciones de derechos humanos, que advierten que las sanciones amplias terminan castigando a quienes no tienen responsabilidad alguna en las decisiones de sus gobernantes.
Al final, las sanciones no son un debate técnico ni un pulso geopolítico: son una pregunta ética. ¿Puede una nación proclamarse defensora de los derechos humanos, mientras impone medidas que condenan a otros pueblos a la enfermedad, al hambre y a la desesperanza? ¿Los bloqueos tgotales en forma de sanciones, no constituye un genocidio?. La historia juzga no solo a quienes disparan armas, sino también a quienes diseñan políticas que matan en silencio. Y en ese tribunal moral, ningún imperio podrá alegar ignorancia.

