17 de junio de 2026
Sol del Este RD
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OPINIONES

La falta de olfato político de Zelensky

Un político con olfato percibe lo que aún no se dice: el malestar que apenas se insinúa, los virajes de opinión que se sienten antes de que se expresen, las tensiones que vibran bajo la superficie. Ese olfato distingue entre alianzas sinceras y alianzas tácticas, entre negociaciones maduras y promesas huecas. Es, en esencia, sensibilidad aplicada al poder.

Hoy, el presidente ucraniano Volodymyr Zelensky enfrenta un escenario que exige precisamente esa sensibilidad: la gestión del oleoducto Druzhba, una arteria energética que transporta petróleo ruso hacia Hungría y Eslovaquia atravesando territorio ucraniano. En tiempos de guerra, cualquier interrupción —sea por daños, retrasos en reparaciones o decisiones tácticas— tiene repercusiones que van mucho más allá de lo técnico. Afecta a países europeos que, aunque incómodos, siguen siendo indispensables para sostener la ayuda militar y financiera que mantiene a Ucrania en pie.

En ese tablero aparece el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, un líder que combina pragmatismo energético con afinidad política hacia Moscú. Orbán ha reaccionado con dureza ante cualquier afectación del flujo petrolero: ha amenazado con bloquear fondos europeos destinados a Kiev, ha advertido que utilizará “herramientas políticas y financieras” para presionar a Ucrania y ha convertido el tema energético en un instrumento de negociación dentro de la Unión Europea. Hungría y Eslovaquia han acusado a Ucrania de retrasar reparaciones del oleoducto, tensando aún más una relación ya frágil.

Este episodio revela un problema mayor: la dificultad de Zelensky para equilibrar la lógica militar con la diplomacia energética. Golpear la infraestructura rusa es una estrategia comprensible en el campo de batalla, pero irritar a gobiernos europeos que ya muestran reservas puede traducirse en menos apoyo, más vetos y una coalición occidental debilitada. En un conflicto donde la supervivencia depende tanto de los misiles como de los votos en Bruselas, ese equilibrio es vital.

Para un país como el muestro —que conoce bien lo que significa depender de combustibles importados y navegar entre intereses de potencias mayores— esta dinámica no es ajena. La energía es poder, y quien no lea bien ese tablero termina pagando un precio alto. Europa lo sabe. Washington lo sabe. Y Ucrania, en medio de una guerra existencial, no puede permitirse ignorarlo.

La crisis energética europea ha reconfigurado intereses y percepciones. Estados Unidos se ha convertido en uno de los principales proveedores de gas natural licuado para Europa, a precios más altos que los del gas ruso previo a la guerra. Esa realidad alimenta la narrativa —especialmente en Europa Central— de que Washington obtiene beneficios económicos mientras los países europeos asumen el costo político y energético. En ese clima, cualquier movimiento de Kiev que afecte el suministro se interpreta no solo como un problema técnico, sino como una amenaza estratégica.

En un conflicto donde cada decisión resuena más allá del frente, Zelensky no puede permitirse errores de lectura. La guerra no solo se libra con drones y artillería; se libra con alianzas, con percepciones y con la estabilidad energética de un continente entero. Irritar a gobiernos que ya dudan, subestimar la fatiga europea o ignorar la sensibilidad de países que sostienen su esfuerzo bélico no es simplemente un desliz: es jugar con la cuerda que lo mantiene suspendido.

Ahora Donal Trump, les pide ayda para combatir a Irán con los Drones que son los mejores que fabrica Ucrania. Si Zelensky no recupera el olfato político que lo caracterizó en los primeros meses de la guerra, corre el riesgo de descubrir —demasiado tarde— que las guerras no solo se pierden en el campo de batalla. También se pierden en las salas de negociación, en los pasillos de Bruselas y en la paciencia agotada de los aliados. En la guerra moderna, no basta con resistir; hay que saber leer el viento. Y cuando el viento cambia, quienes no lo sienten terminan quedándose solos.

Por Luis Ruíz Pou

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