19 de octubre de 2026
Sol del Este RD
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OPINIONES

La endogamia político-mediática que secuestra la verdad en la prensa dominicana

POR JUAN CRUZ TRIFFOLIO

Sociólogo – Comunicador Dominicano

triffolio@gmail.com

Cada día crece el número de dirigentes políticos que han dejado de escuchar a la ciudadanía.

No les interesa lo que piensa el pueblo, sólo lo que calla la prensa.

Y para asegurar ese silencio, han tejido una alianza cada vez más visible y acentuada con los llamados «periodistas dominantes».

No es una relación profesional.

Es un sincretismo.

Una endogamia político-mediática.

Como ha advertido el acucioso y expresivo Ignacio Ramonet en su edificante obra La Explosión del Periodismo, se ha formado una categoría profesional en estado de levitación: periodistas sin los pies en la realidad, sin contacto con la sociedad, pero en permanente consanguinidad con los integrantes de la estigmatizada clase política profundamente desprestigiada.

En República Dominicana, entre otros lares, esa realidad no sólo existe: se exhibe.

Los vemos en el prime time audiovisual, ubicados por encima de la superestructura social, asumiendo poses de olimpo.

Dioses de la pantalla y la radio con una prosperidad económica que anonada.

Intocables y omnipotentes.

Son los favoritos de los que manejan el Estado de forma medalaganaria, porque son los que mejor saben arropar las indelicadezas y las diabluras con el manto más eficaz que existe: el silencio sepulcral de la impunidad.

Generan la sensación de que existe un concubinato letal.

Se respaldan con la ley del silencio.

Imponen con la aparente anuencia de algunos propietarios de los medios audiovisuales la información-mercancía.

Se invitan entre ellos, frecuentan los mismos restaurantes de moda, veranean en los mismos lugares paradisiacos.

Y cuando les toca debatir en público, protagonizan el ritual más previsible: una ceremonia inofensiva donde se lanzan la pelota unos a otros con conmovedora atención, esperando a cambio algún favor.

Como muy bien expresa Ramonet, conforman una corte frívola y mundana.

Esa seudo-nobleza ensimismada, que antes fascinaba sólo a los medios tradicionales y que hoy ha imantado también a figuras de las redes sociales, arropadas por la sombra y la discreción del algoritmo.

Y eso debe horrorizarnos.

Porque cuando el periodismo deja de ser contrapoder para convertirse en cómplice, la democracia se queda sin artillería.

El «cuarto poder» fue concebido para ser la voz de los sin voz, no el micrófono de los sinvergüenzas.

El periodismo auténtico exige un compromiso innegociable: un espacio libre, sin complacencias, para elaborar y exponer el producto periodístico con verdad y objetividad.

Criticar sin azotar.

Investigar sin pactar.

Informar sin vender.

La prensa, no lo olvidemos, es la artillería de la libertad.

Y cuando esa legión de la escritura y el verbo apunta hacia el pueblo en lugar de defenderlo, ya no es prensa.

Es propaganda.

Así es el asunto.

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