17 de junio de 2026
Sol del Este RD
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OPINIONES

La actividad política se ejerce por conveniencia, no por ideología sentimentalista: ¡se nutre de realidad!

Por: Lic. Luis Ma. Ruiz Pou

En este mundo de la política multipolar, ha quedado demostrado que el ejercicio de la actividad política ya no se sustenta en ideologías de izquierda, derecha o centro. No es la doctrina del socialismo, el comunismo o el liberalismo democrático: ¡es por intereses!

Estados Unidos, a través de su presidente Donald Trump, ha trazado una política orientada a colocar bajo su influencia a los países que han dejado de aplicar las directrices del llamado “imperio”. Está gestionando retomar la Doctrina Monroe —“América para los americanos”— junto con la “política del garrote”, adaptada a los nuevos tiempos. Para ello, inicialmente está seleccionando países con mayor independencia política y económica. Uno de ellos: Colombia.

¿Cuál fué el interés del presidente Trump, en reunirse con su homólogo de Colombia, Gustavo Petro, después de haberlo acusado de vínculos con el narcotráfico y de haberle dicho por redes sociales: “Más vale que vigile su culo”, señalándolo además como poseedor de “fábricas donde hace cocaína”? ¿O es que resulta normal reunirse con supuestos “presidentes narcos”, o incluso indultar a exmandatarios, como ocurrió en Honduras con Juan Orlando Hernández, acusado y condenado por narcotráfico?

Lo que observamos es una contradicción muy típica de la política internacional —y especialmente del estilo de Trump—: descalificar públicamente y luego sentarse a negociar. Y es que, más allá de insultos o acusaciones, Colombia es un país clave para Estados Unidos.

Debemos ser precisos: la política internacional funciona con hechos jurídicos, no con tuits. Gustavo Petro no está acusado ni condenado judicialmente por narcotráfico. Las afirmaciones de Trump carecen de respaldo judicial; son acusaciones políticas, no cargos formales. Estados Unidos no puede romper relaciones solo por declaraciones incendiarias sin pruebas legales.

La práctica de Estados Unidos en el quehacer político se asemeja a la del refresco: se bebe el contenido y se bota la botella. Uno de los tantos ejemplos es el caso del expresidente de Honduras, Juan Orlando Hernández, acusado, juzgado y condenado en Estados Unidos por narcotráfico. Mientras fue presidente, Washington lo apoyó por razones geopolíticas y por su colaboración en el combate al narcotráfico. Cuando dejó el poder, “se bebieron el contenido”, botaron la botella y lo procesaron. Estados Unidos prioriza intereses estratégicos, no la pureza moral.

El expresidente de Estados Unidos, Jimmy Carter, manifestó: “No sabía que la política podía ser tan sucia”. Provenía de fuera del establishment de Washington y llegó con una visión más ética y moralista. Carter desconocía que la realpolitik no se rige solo por principios, sino por intereses, poder y golpes bajos. Hoy, la jugada sucia de Estados Unidos se expresa en los aranceles como método de chantaje y extorsión: si no me das aquello o lo otro, o si no me apoyas en mis pretensiones, te impongo sanciones arancelarias a tus exportaciones.

Al final, esta coyuntura no es una simple contradicción diplomática, sino la confirmación de una verdad incómoda: en la política internacional no hay amigos, hay intereses; no hay lealtades, hay conveniencias. Estados Unidos —como cualquier potencia— no duda, no vacila y no se ruboriza: apoya, presiona, sanciona o abandona según le convenga en cada momento. Y quien no entienda esa lógica, está condenado a ser pieza y no jugador.

América Latina no puede seguir actuando con ingenuidad política ni con complejos ideológicos. No basta con indignarse ante los agravios ni entusiasmarse con los acercamientos. Se requiere carácter, inteligencia estratégica y memoria histórica. Porque en este tablero global, el que no defiende sus propios intereses con firmeza, termina defendiendo los de otros.

La lección es clara y brutal: en la geopolítica real no sobrevive el más justo, sino el más lúcido. Y los pueblos que no comprendan cuándo están siendo utilizados, repetirán —una y otra vez— el mismo destino: servir mientras sean útiles… y desaparecer cuando dejen de ser necesarios.

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