Por Luis Ma. Ruiz Pou
Durante años, el acuerdo nuclear con Irán —el JCPOA— fue uno de los pocos diques que contenían la tensión en Medio Oriente y, por extensión, en el sistema internacional. No era perfecto, pero funcionaba: redujo el número de centrifugadoras iraníes, limitó el enriquecimiento de uranio y estableció un régimen de inspecciones sin precedentes. Fue, en esencia, un pacto de contención que devolvió al mundo una cuota de tranquilidad en un escenario históricamente inflamable.
El camino hacia ese acuerdo no fue sencillo. La administración de Barack Obama apostó por la diplomacia en un momento en que la alternativa era el riesgo creciente de una confrontación militar. La elección de Hasán Rohaní en 2013 abrió una ventana política que permitió negociar con un Irán dispuesto a ceder a cambio de alivio económico. El 14 de julio de 2015, tras dos años de conversaciones multilaterales, el JCPOA se firmó con el respaldo del P5+1 y la Unión Europea. Todos los firmantes, incluido Irán, eran parte del Tratado de No Proliferación Nuclear. El acuerdo no sustituía ese marco: lo reforzaba.
A cambio de limitar su programa nuclear, Irán recibió el levantamiento de sanciones que asfixiaban su economía. Volvió a vender petróleo, recuperó acceso al sistema financiero internacional y desbloqueó entre 50 y 100 mil millones de dólares en activos congelados. No era un regalo: era un intercambio. Y durante un tiempo, funcionó.
Pero la estabilidad internacional es frágil, y a veces basta un gesto político para desarmar años de trabajo diplomático. El 20 de enero de 2017, Donald Trump asumió la presidencia de Estados Unidos. Quince meses después, el 8 de mayo de 2018, retiró unilateralmente a su país del JCPOA. Lo calificó de “defectuoso”, aseguró que no impedía que Irán obtuviera armas nucleares y lo acusó de financiar actividades desestabilizadoras en la región. Con esa decisión, el acuerdo quedó herido de muerte.
Las consecuencias fueron inmediatas. Irán reactivó sus centrifugadoras, aumentó sus niveles de enriquecimiento de uranio y redujo su cooperación con los inspectores internacionales. Europa perdió capacidad de mediación. Rusia y China ocuparon el vacío estratégico. Medio Oriente volvió a encender sus brasas. Lo que había sido un marco de contención verificable se transformó en un escenario impredecible, donde cada actor regional recalcula su poder y cada potencia global redefine sus alianzas.
El conflicto del 28 de febreo tras una operación israelí, alteró el frágil equilibrio regional, no puede entenderse sin mirar hacia atrás. Ese día no fue un rayo en cielo sereno: fue la consecuencia lógica de un ecosistema de tensiones que se había ido acumulando desde la ruptura del acuerdo nuclear.
Con el JCPOA desmantelado, Irán aceleró su programa de enriquecimiento, Israel intensificó su postura preventiva y los canales diplomáticos que antes contenían la escalada quedaron reducidos a formalidades sin peso real. Fue el punto de inflexión que aceleró la erosión del orden internacional. La tranquilidad política y social que el mundo había logrado preservar se ha ido evaporando, sustituida por una sensación creciente de vulnerabilidad y desorden.
El resultado fue un choque que reavivó viejos temores y confirmó que, cuando se desmontan los mecanismos de contención, los conflictos dejan de ser excepciones y vuelven a convertirse en la norma. Hoy, mientras nuevas tensiones se multiplican y viejos conflictos resurgen, es evidente que la ruptura del acuerdo no fue un episodio aislado.
Y aquí está la advertencia que no podemos ignorar:
Si seguimos desmontando los pocos mecanismos que aún contienen la inestabilidad global, pronto descubriremos que no es el mundo el que se volvió más peligroso, sino nosotros quienes decidimos desarmar las barreras que lo mantenían en equilibrio. El JCPOA era un dique. Al romperlo, dejamos que las aguas vuelvan a moverse con una fuerza que ya no controlamos. Y la historia demuestra que cuando el orden internacional se agrieta, las consecuencias no se quedan en los titulares: terminan alcanzando a todos.

