POR: ENRIQUE A. SANCHEZ L.
Hay libros que al pasar del tiempo uno recuerda por siempre y su contenido narrativo nunca se olvidan y los mismos nos acompañan por toda una vida, sus relatos, su inventiva narrativa que la recordamos por siempre y ese sentir de la obra que debe ser siempre recordado al pasar del tiempo.
El Conde de Montecristo de Alexandre Dumas es una de esas novelas que uno no olvida. La leí siendo ya adulto, con tiempo, con calma y la misma la pude disfrutar muchísimo. Porque es una historia absorbente, llena de giros, de pasiones desordenadas, de intrigas, de injusticias que reclaman reparación. Y aun así, mientras disfrutaba de esta rica lectura, no podía dejar de pensar, ¿cómo no leí esto antes? Porque el Conde de Montecristo es, en el mejor sentido, una novela de aventuras, pero no de aventuras superficiales, sino de aquellas que nos llevan al límite de la emoción, la venganza, la traición y el perdón.
La misma es una historia narrativa la cual lo tiene todo. Tiene amor, traición, prisión, fuga, tesoros, viajes, conspiraciones, redención, duelos y sobre todo tiene un personaje el cual es inolvidable, Edmond Dantés, cuya transformación en el conde de Montecristo es una de las más potentes de la literatura. Si lo hubiera leído de joven, creo que la misma me habría marcado para siempre y profundamente.
Habría quedado fascinado, creo, por ese sentido del destino, por esa justicia poética, por esa inteligencia para tramar una venganza que no solo castiga, sino que también interroga.
Porque en el fondo, el conde de Montecristo no es solo una historia de venganza, es también una historia sobre el sufrimiento, la paciencia, el poder transformador del tiempo y sobre los límites éticos del castigo. Por tanto, de adulto uno puede apreciar la construcción de la trama, la maestría narrativa de Dumas, su capacidad para mantener el interés a lo largo de cientos de páginas, pero de joven me habría entregado a la historia sin reservas.
Habría sentido la emoción a Flor de Piel, habría admirado a Dantés como a un héroe trágico y habría leído con esa avidez que solo se tiene a ciertas edades cuando un libro te atrapa de verdad y no quieres que termine nunca. Y esto no solo se aplica al Conde de Montecristo. En realidad creo que los libros de Dumas en general tienen algo que resuena especialmente bien en la juventud. Son historias llenas de vida, de acción, de ideales elevados. Y aunque se pueden leer a cualquier edad, hay algo en su espíritu narrativo que conecta especialmente bien con ese momento en el que uno aún cree o quiere creer que la justicia es posible y que los grandes gestos todavía tienen sentido.

