17 de junio de 2026
Sol del Este RD
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OPINIONES

El blanco más dfíclil, es el otro armando

Por: Luis Ma. Ruiz Pou

Disparar contra un hombre desarmado es sencillo; enfrentarse a uno que también porta un arma convierte el combate en algo muy distinto. El blanco más difícil es siempre el que puede responder.

En el arte del tiro, la diferencia entre un hombre armado y uno desarmado no es un detalle técnico: es una frontera moral. Disparar contra quien no puede defenderse es un acto sin riesgo; enfrentarse a quien también porta un arma convierte el combate en otra cosa. El blanco más difícil es siempre el que puede responder.

En el lenguaje del polígono, el blanco es el objetivo al que se dirige el disparo. En el lenguaje de la política internacional, también hay blancos: países, territorios, intereses estratégicos, gobiernos que se convierten en objetivos de presión, sanción o intervención. Y, como en el tiro, no todos los blancos son iguales. Algunos no pueden defenderse; otros sí.

En los últimos años, diversas decisiones de política exterior han sido interpretadas por analistas y críticos como acciones que evocan viejas doctrinas de poder, desde la Doctrina Monroe hasta la llamada “política del garrote”. Según estas lecturas, ciertos gobiernos han actuado con una lógica de expansión de influencia, disputas territoriales y presiones directas sobre aliados y adversarios.

En ese marco, se han señalado tensiones en torno a territorios estratégicos, recursos naturales y conflictos regionales que involucran a actores con capacidades militares significativas. Tanto EUA, Israle e Irán, tienen armas de última generación y nucleares. Al parecer, Trump y Netanhau, desconocían el principio de que: “El Blanco más difcíl, es cuando el otro está armado”. Responder las agresiones. El ejemplo es: dispararles a un blaco desrmadao, es muy facíl; pero cuando tienes las mismas armas, el pleito es parejo. Los daños son mutuos.

Diversos gobiernos han expresado preocupación por su programa nuclear y otros observadores advierten que Irán posee capacidades militares considerables y ha demostrado que puede responder. En geopolítica, como en el polígono de tiro, elegir un blanco que puede devolver el fuego cambia por completo la naturaleza del enfrentamiento.

Aquí surge la advertencia moral: el poder no exime de responsabilidad. Ningún Estado, por grande que sea, tiene derecho a ignorar el principio básico que rige toda convivencia humana: mi derecho termina donde comienza el del otro. Ese límite no es una concesión; es la base misma de la paz. Cuando se desconoce, la fuerza sustituye al derecho, y la política se convierte en un campo de tiro donde los blancos no son objetos, sino pueblos enteros.

La historia enseña que los conflictos no se desatan solo por la fuerza del agresor, sino también por la dignidad del agredido. Un país puede ser blanco, pero no siempre será blanco fácil. Y cuando el blanco está armado —no solo con armas, sino con memoria, identidad y voluntad— la puntería deja de ser suficiente.

En un mundo donde las tensiones crecen y los discursos se endurecen, conviene recordar una verdad sencilla: quien convierte a otro en blanco debe estar dispuesto a asumir las consecuencias de que ese otro también pueda apuntar. La prudencia no es debilidad; es el reconocimiento de que la fuerza, sin límites éticos, termina volviéndose contra quien la ejerce.

Porque en la política internacional, como en el tiro, la pregunta nunca es si se puede disparar. La pregunta es si se debe. Y esa diferencia —moral, no técnica— es la que separa a las naciones que construyen paz de las que solo acumulan poder.

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