Por Felipe Mora
Como se dice en buen cristiano. En este país, “antes de salir de casa, primero hay que persignarse para coger la calle”. Son tantos los inconvenientes que es mejor prevenir antes que enfrentarse a situaciones desagradables, en primer término, con el caótico tránsito que tenemos.
La calle está terrible. El tráfico vehicular es un mayúsculo desorden sin que se avizoren tiempos mejores en un futuro cercano, a mediano o a largo plazo. Es el puro infierno sobre ruedas que persiste y se resiste en nuestras calles, en una ciudad que al decir del reputado urbanista Cristóbal Valdez tiene ausencia total de planificación.
A eso hay que agregar ruidos de bocinas de vehículos, concentración de smog a lo largo de intersecciones, los eternos vendedores ambulantes, tapones que se extienden hasta por más de 300 metros, rebases temerarios, los enjambres de motoristas que salen por todos lados, y etcétera.
Cuesta decirlo, en República Dominicana no se toma en cuenta el crecimiento desmesurado de la población, lo que en gran parte del territorio nacional va aparejado del cada vez más expansivo parque vehicular. En la práctica, eso conlleva una dinámica comercial hiper activa, dando lugar a grandes saturaciones de personas y vehículos en movimiento.
Cada día que transcurre, nuevas unidades de vehículos engrosan el parque vehicular en todo el país, en especial en el Gran Santo Domingo, zona con la más elevada cifra de población. Lo terrible en esto es que las calles siguen siendo las mismas, de igual tamaño siempre, pero más saturadas por el intenso tránsito.
Por igual, cada día hay más y más motocicletas en las calles y caminos de todo el país, con las consabidas indelicadezas de miles de jóvenes que se desplazan sobre dos ruedas. A los motoristas les da lo mismo desplazarse por el pavimento que por encima de las aceras, o circular en vía contraria al sentido de cada calle, avenida o carretera.
Una alternativa para ir buscando soluciones sería reducir la cantidad de vehículos que se ofertan en el mercado. Pero cualquier intento de reducir las importaciones choca contra poderosos intereses y se verá como un atentado a la libre empresa. Ninguna autoridad tiene la suficiente entereza, ni siquiera para abordar ese tema.
Pese a pronósticos de mejoría, todo sigue igual, con tendencia a empeorar. Por más que digan, muy poca cosa han hecho organismos e instituciones oficiales para buscar alternativas en favor de la ciudadanía.
Todos los gobiernos hacen cosas buenas en favor de la gente. Pero todos descuidan problemas antagónicos que afectan a amplios conglomerados de público, en muchos casos a millones. Eso pasa por más que las comunidades enarbolen sus reclamos.
Pongamos el ejemplo de la entrada a Haina, uno de los pueblos más dinámicos en cuanto a cantidad de vehículos que circulan y su vertiginosa actividad comercial, incluido su puerto marítimo y fluvial. Desde hace más de 60 años, Haina tiene la mismita vía de entrada y salida. Aquello es un caos eterno de nunca acabar.
Pero no todo es oscuridad. Realizaciones de gran aceptación entre la ciudadanía están la reciente puesta en servicio de la solución vial en la Plaza de la Bandera, que se reparte entre los túneles de la 27 de Febrero con Isabel Aguiar, y en la avenida Luperón. Esas obras se construyeron con fondos provenientes del acuerdo con Aerodom, lo mismo que los trabajos de ampliación que se ejecutan en la avenida República de Colombia.
Resaltan por igual la habilitación de más carriles en el Km 9 de la entrada a la ciudad desde y hacia el Cibao. Por igual, el presente gobierno ha entregado obras viales en distintas provincias.
Otra situación enojosa y que concita un sinnúmero de quejas entre peatones. Solo hay que ver que en avenidas emblemáticas, como la 27 de Febrero, Máximo Gómez, Lope de Vega, John F. Kennedy, gran parte de las aceras son usadas como parqueo de carros, jeepetas y hasta camiones. Si no es un abuso, pues díganme entonces.
Esos “parqueos” están habilitados en negocios y/o instituciones que operan a uno y otro lado de esas vías.
Asimismo, las protuberancias o “totumas” de concreto en calles, avenidas y carreteras, sobre todo en áreas de subidas o pendientes es una práctica común entre choferes de camiones-trompo o recicladores de cemento fresco.
Esas “totumas” de concreto provocan daños en neumáticos y en piezas a vehículos que se desplacen por calles que han sido afectadas con esa práctica. Nadie mueve un dedo para resolver ese inconveniente.
Para cerrar, cito de nuevo al urbanista Cristóbal Valdez cuando señala que la ciudad debe respetar el amiente natural, y las comunidades deben ser diseñadas para el peatón y el transporte colectivo, y en menor escala el privado.

